Podría decirse que nadie sabe que le llegó su hora, pero no es así siempre... Al menos Ella, o para Ella, no fue así. Lo sabía. Aquel 21 de abril de 2005, tenía más que claro que su hora se acercaba, y no podía hacer más que sobrevivir. Una salida previa de la UCI, algo inexplicable y con un poco de dolor. Su vida más adelante, se veía muy confusa, pero ante todo dolorosa. ¿Podríamos acaso haber soportado su dolor en conjunto con el nuestro? Es una pregunta que aunque a veces me la haga y mi razón no tarde en responder, quisiera saber su respuesta por carne propia y no por supuestos inconclusos.
Nueve años han pasado desde aquella última vez que le escuché, con su voz ahogada y su herida abierta, sin saber a ciencia cierta que esa sería la última vez que su piel guardaría un poco de calor para darme, aún cuando era yo quien debería darle un calor mayor, a su alma, a su paz. Dicen que el tiempo lo cura todo y que poco a poco las situaciones se superan, pero jamás te preparan para enfrentar un mundo en el que siempre has estado junto a ella y que ha sido más cruel de lo que ella te recitaba en los cuentos para antes de dormir. Los sueños se hacen confusos a medida que pasa el tiempo, pero definitivamente es la mejor forma de recordarle: su voz, su olor, su sonrisa, sus caricias...
Todo el mundo piensa que la niñez y la adolescencia pasa en un lapso de tiempo definido en sus vidas, pero nadie se imagina que uno sigue siendo un niño, aún cuando la biología informe que por los años recorridos ya estás en la vida adulta; yo lo viví, porque a pesar de estar en una edad en la cual podría considerarse joven-adulto, solo sentí que esa niñez y esa adolescencia se iban cuando perdí mi fuente de seguridad en mi vida, así, de la forma más cruel e insensata, simplemente viéndola morir por ocho largos meses. Diez y siete días bastaron para que todos los miedos y todos los años se acumularan y dejaran ver que simplemente el tiempo es tan efímero como la vida misma, y simplemente en una madrugada en la cual nadie le acompañaba, por petición propia, diera un último suspiro y simplemente se dejara ir.
Muchas noches lloré lo incurable, para a fin de cuentas saber que a pesar del tiempo, seguía esperando que todo fuera un simple sueño y despertara para ir a saludarle y poderme retirar a hacer mis actividades diarias; aún sigo esperando que ella aparezca un día cualquiera por la oficina, y con una llamada al celular me pida que baje para que vayamos a almorzar o simplemente ir a caminar. Nada de eso va a pasar, porque tal y como dice un libro que acabo de terminar: el mundo no es una fabrica de conceder deseos.
Estoy jodida, no solo por llorar su ausencia sino también, por anhelar su presencia, que en si, no es posible en esta realidad, solo en la alterna, solo en los sueños... Y para nadie es un secreto que no escogemos que soñar cuando cerramos los ojos, pero aún así todas las noches rezo y espero, para que apenas me integre en ese mundo alterno, lo primero que vea se su sonrisa y le pueda decir, ¡la bendición, mamá!
Noveno aniversario mami, y este ha sido uno de esos en los que en verdad esperaría que toda esta mierda de tu partida, sea un sueño.
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